Parece que los funcionarios estamos en el centro de atención de toda la sociedad. La crisis destruye la estabilidad en el trabajo, por lo que ahora toca ir a la caza de todos los que disfrutamos de esa estabilidad. Hace unos años, durante la época de vacas gordas, a nadie le importaba la estabilidad funcionarial ni su control, pues el mundo privado se autogestionaba y crecía ilimitadamente. Ahora, por el contrario, ese mundo necesita echar mano de lo público para que contribuya a sacarlo del atolladero, por lo que es necesario controlar y regular estrictamente su brazo ejecutor, la administración. Cuando lo más importante sería mirar hacia aquellos grupos sociales que más se destacan por su escasa contribución fiscal o por engordar la economía sumergida, hay un especial interés en hacer ver que el problema fundamental radica en la reforma de la función pública y no tanto de la «función privada». Parece como si la administración fuera la única generadora de déficits y que mediante su reforma se fueran a solucionar todo los problemas económicos. Se acusa al funcionario como cuerpo, como si fuéramos entes separados y autónomos de una organización que careciera de gestores, que no aparecen generalmente en esas críticas. Veamos algunas de esas acusaciones: